De mi torpeza

Desde pequeña siempre he sido más bien patosa. Es curioso, porque luego lo de bailar lo llevo bien, y para eso hay que coordinar movimientos entre los brazos (los dos) y las piernas (las dos)… debe ser la música la que me ayuda a coordinarme, porque en cuanto no hay, soy patosa. Y el problema no es que sea patosa, el problema es que de pequeña era lo que antes se llamaba un perico o lo que los americanos llaman una Tom-boy. Vamos, que a mí me gustaba subirme a sitios, saltar cosas, trepar… ya os hacéis una idea de la combinación: perico+patosa = huesos rotos.

Al parecer, cuando tenía unos meses me caí de la trona y fui a dar con la almendrita al suelo. Mi madre dice que se asustó así como un pelín cuando me salió una bolsa de líquido en la cabeza. Y hasta hoy las secuelas.

El siguiente accidente fue a los tres años, me acuerdo perfectamente. Íbamos a la casa de campo de… bueno, da igual, íbamos al campo y mi hermana Maria Jose iba a ir a comprar chuches al puesto de Andrés, y yo quería ir con ella, pero ella salió corriendo, yo salí corriendo detrás, los pies que se me lian, derrape y golpe con la puerta… muñeca derecha rota.

Unos años después, 3 para ser exactos. Colegio, obra de teatro y a los críos chicos que los suben al gallinero. Que a ver pa’ qué, que eso son ganas de tentar a la suerte. En el gallinero no había bancos, sino poyos, vamos, lo que son asientos corridos sin respaldo, para los que no sois de Valdepeñas. Delante estaba la cámara de cine y nos dicen que pasemos por entre los poyos, vamos, que cojamos una fila y para delante. Pero yo, que como dice mi madre, siempre he sido muy independiente y hago lo que me da la gana, pues decidí que para ir más rápido iba a ir saltándolos… Pues ya os hacéis una idea. Se me tropezó un pie, la niña que se esclafa otra vez y que va a dar con la nariz nada menos que en el borde de un poyo. Eso duele. Mucho. Y sale mucha sangre (sensibles abstenerse de imaginarlo). Tabique nasal roto. Hasta los 18 tuve que esperar para operarme y aún hoy tengo problemas para respirar por la nariz.

De lo que no me acuerdo exactamente es de los años que tenía cuando me atropello el coche, ni cuando a mi padre y a mí nos pilló una bici… culpa mía las dos veces, claro, por cruzar cuando no debía. Me acuerdo de los dos momentos, eso si.

Unos cuantos años más y nos vamos de vacaciones. Primer día en Algeciras, salimos de casa de Pepe, Elena que va haciendo la cabra, al loro, por el bordillo de la acera (siempre me gustó el riesgo). Traspiés.  Elena al suelo. Muñeca derecha rota, otra vez. Todas las vacaciones con escayola. Si queréis consejos sobre cómo bañarse en el mar con un brazo escayolado, preguntad. Los tengo todos.

En la última que recuerdo tenía 18 años y el mismo nivel de “patosidad”. Nos íbamos de camping, a Torrevieja. Al llegar al camping, salí del coche para decir alguna maldad, porque tampoco me puedo quedar callada, claro. Pues se me volvieron a liar los pies entre ellos y otra vez derrapé (en gravilla…). Tanto, que se quedó mi marca en el suelo, como en las películas cuando han matado a alguien y marcan el contorno del cadáver. Por la noche al salir, aun se distinguían perfectamente mi cabeza y mis brazos en el suelo. Rodillas y codos ensangrentados y rojos durante todas las vacaciones. Un cuadro. Desde entonces, hay quien espera a ver cuándo va a ser la próxima vez que me voy a caer… Yo ando con cuidado, que nunca se sabe. La vida está llena de peligros… yo el primero.

De mi torpeza

Lost in Translation

Estoy en Tokio, concretamente en un café enfrente de Yoyogi. Llegué aquí hace… ni me acuerdo, parece una eternidad, y sin embargo han sido solo 3 días y medio.

Al llegar, me he sentido como Scarlett Johansson (salvando, obviamente, las enormes diferencias en todos los sentidos posibles). Me he sentido Lost in Translation, pero sin Bob y sin Park Hyatt. Es una sensación que no esperaba para nada, tenía muchas ganas de venir aquí y pasar unos días, disfrutar de la ciudad. Hace mucho tiempo que no disfruto de una gran ciudad tranquilamente y las veces que he venido a Tokio siempre me han sabido a poco. Pero no me esperaba esto. Ha sido un subidón, de golpe, sin avisar, una montaña rusa emocional que no tiene mucho sentido, pero que ha ocurrido.

Las razones están aún por aclarar, aunque algunas ya las voy encontrando. Por supuesto, las hay que se quedaran para mí y las otras cuatro mini-Elenas para siempre. O quizás no, quien sabe. Pero las hay que si pueden ser compartidas.

Como en tantas otras cosas, tengo el corazón dividido entre las grandes ciudades y los sitios tranquilos. Vivo en un sitio precioso de la costa francesa. Según Teresa es el sitio más bonito en el que he vivido, y ya han sido unos cuantos. Siempre hace buen tiempo, a orillas del lago de agua salada más grande de Europa, a 15 minutos de la playa. Lo tiene casi todo. Lo que no tiene es movimiento. No tiene gente por las calles, no tiene cafés donde irse a trabajar. Ni grandes bulevares donde ir a pasear. Tiene el lago, sí. Y los canales que son preciosos y en 20 minutos les has dado la vuelta a todos. Pero no hay tiendas donde venden cosas estúpidas y te puedes pasar horas mirando lo que sabes que nunca vas a comprar porque sabes que no necesitas. Para cualquier cosa, para quedar con cualquier persona hay que coger el coche. Y claro, cuidado con tomar una cerveza de más, porque a la vuelta te toca media hora de coche mínimo. No hay casi bares. No hay amigos con los que tomarse unas cañas al salir de trabajar. Hay otras cosas. Hay quesos y foie y buena comida. Y buen tiempo.

Hay tres ciudades a las que yo me iría a vivir, pero que por el momento no tiene pinta de ocurrir (jamais dit jamais Elena, que pareces nueva), a saber.

Nueva York. Been there, done that. Me encantó, fui muy feliz allí (bueno, en general yo tengo tendencia a ser feliz en cualquier sitio, aun con mis noches oscuras). Me volví porque estaba lejos. Y porque la cultura americana (¿o debería decir New Yorker?) no cuadra conmigo.

Londres. Me gusta Londres, de hecho, voy de vez en cuando a visitar a mi hermana. La ciudad está bien. Si no hubiera salido lo de Nueva York, me hubiera ido a vivir a Londres. Ahora ya no (en principio, siempre en principio). Ahora lo quiero todo. Quiero buen tiempo y en Londres no hace buen tiempo. En Londres siempre hace malo y yo no quiero eso.

Tokio. La primera vez que vine por trabajo, recuerdo haber pensado que no estaría mal vivir aquí un tiempo. Tampoco lo intenté nunca y Japón, a pesar de lo mucho que me gusta, tiene cosas que no me convencen. Si Nueva York estaba lejos esto no sé cómo calificarlo. Venir a currar a una empresa con horarios infernales no es algo que esté dispuesta a hacer a estas alturas. Been there, done that, otra vez. Eso, y que es muy complicado obtener un visado y no tengo energías para eso ahora. Hay que tener muchas ganas. Y el idioma. He dejado las clases de japonés porque en este momento la cabeza no me da para seguir con ellas. En algún momento retomaré, imagino. Los hombres japoneses. No. Aunque como alguien me dijo no hace mucho, lo que hay que hacer es coger ese listón y mandarlo a tomar por culo. Tampoco estoy de acuerdo. ¿Si tenemos listón para el resto de las áreas de nuestra vida, porque no lo vamos a tener para eso? No hablo de un rato, para un rato el listón puede olvidarse. Total, a veces incluso con el listón alto, la realidad no está a la altura de las expectativas y piensas que estarías mejor tomándote una caña con tus amigos, en lugar de perder el tiempo en sinsentidos. Pero si es para algo más serio, que al final es la intención (ya está bien de “forever alone”), el listón tiene que estar alto. Pero me estoy yendo del tema. Ha vuelto a ocurrir.

El caso es que la ciudad perfecta debería estar un poco más cerca, en Europa, y ser una mezcla de Tokio, Londres y Nueva York con el tiempo de Marsella. Pero sin Marsella.

Así que parece que mientras esa ciudad no exista, y no tiene pinta de que eso vaya a ocurrir en un futuro cercano, habrá que hacer concesiones. La cuestión está en qué concesiones hacer en qué momento.

¿Qué paso con Sara y Bob al final de le película? ¿Qué le dice al oído? ¿Eso es todo? ¿Así acaba todo…?

Lost in Translation

Le he perdido

Lo nuestro fue amistad a segunda vista. Estuvimos trabajando mucho tiempo en la misma empresa, nos veíamos de lejos, pero nunca habíamos hablado. Un proyecto nos llevó a Montvale juntos y en el viaje de vuelta estuvimos las 8 horas hablando sin parar. Ese fue el principio de todo. Desde entonces, ha habido innumerables conversaciones. Hemos arreglado el mundo, nos hemos reído, hemos llorado, nos hemos abrazado y hemos compartido cosas el uno con el otro que no hemos compartido con nadie más. Problemas, alegrías, muchas cosas.

Es un apasionado del deporte, en especial del baloncesto y, si no hubiera sido por los golpes de la vida, hubiera sido jugador profesional. Le encanta el sushi. Es (o era) la única persona a la que siempre veía cuando iba a Madrid. Daba igual donde estuviera, el jaleo que tuviera o cuando llegara yo, siempre buscábamos el momento de vernos. Y la pregunta de qué íbamos a cenar, ni se planteaba. Sushi. Él y yo siempre comemos sushi. Eso lo sabe todo el mundo. Si vienen su mujer y su hijo, entonces igual comemos otra cosa, porque aún no hemos conseguido convertirlos del todo, aunque todo llegara. Hasta su hijo cuando era pequeño me compro un boli con una capucha que era una pieza de sushi que por supuesto aun conservo.

Ahora cada vez que como sushi me acuerdo de él… y le echo de menos. Hace más de un año que no he conseguido hablar con él, le he llamado, le he escrito, le he mandado mensajes… y nada. No soy una persona insistente generalmente, pero aun así, de vez en cuando lo vuelvo a intentar por si acaso le pillo con cinco minutos libres. Aunque cinco minutos a estas alturas no serán suficientes. Necesitaríamos días.

El último mensaje que tengo suyo es un correo en el que me dice que no me coma la cabeza, que no pasa nada, pero que se ha metido en berenjenales gordos. Esos berenjenales no son nada más que trabajo. Hablé hace no mucho con su mujer, que le echa la bronca por no hablar conmigo. La llamé porque estaba desesperada y no sabía qué hacer. No es normal que no dé señales de vida. Antes, hablábamos prácticamente todas las semanas y, especialmente hablábamos cuando las cosas no iban bien. Él es una de mis tres o cuatro mitades.  Pensaba que le pasaba algo, algo grave. La cabeza a veces se va de viaje cuando no sabe lo que hay al otro lado. Ella me dijo que no, que solo es trabajo, que a veces ella también tiene problemas para que le coja el teléfono.

Le he perdido. Y le he perdido contra un trabajo que no estoy muy segura de que le haga feliz. Y yo no sé cómo ayudarle.

Le he perdido

Japon

No tengo muy claro en que momento fue, imagino que ocurriría la primera vez que vine, allá por 2005. El contraste con la India también ayudo. Visité los dos países por los mismos motivos con un mes de diferencia, y también hubo una gran diferencia en el efecto que cada una de aquellas visitas produjo en mi.

De la India hablaré en otro momento, o igual no.

Los contrastes. Porque me gusta tanto Japón? No creo que haya una sola razón, pero digamos que son los contrastes los que me llaman la atención. Una cultura tan respetuosa con las tradiciones que luego sobresale en tecnología, por ejemplo. Encontrar edificios enormes y bonitos y al lado, o entremedias, casas tradicionales y templos budistas o santuarios sintoístas.

El comportamiento. También me llama la atención el control que la gente tiene sobre sus emociones. No digo que sea lo mejor del mundo pero yo, siendo como soy, escandalosa, risueña y emocional, me siento intrigada por esa manera de comportarse. Porque al final, también tienen sentimientos, como todo el mundo. Sufrirán por no poder expresarlos? Como serán en la intimidad? A cualquier sitio que vayas siempre te atienden con una sonrisa, da igual lo cerril que tu seas y lo poco que te entiendan, la sonrisa siempre esta ahí. Y algunos son muy risueños. Creo que les damos miedo y les hacemos gracia a partes iguales. Claro, que con la cara que debemos poner de no enterarnos de nada, yo también me haría gracia. Pobres gaijines, que majetes somos… a veces .

La comida. La primera vez que comí sushi pase mucha hambre y tampoco me gusto especialmente. Ahora podría comer sushi un día si y otro no. Pienso que si en algún momento tuviera problemas con el anisakis me hundiría en la miseria. Con lo que me gusta a mi el pescado. Y el arroz. Pero la comida japonesa es mucho mas que eso. Hay mucha mas variedad de la que nos creemos y la gente que viene generalmente con miedo porque creen que solo van a poder comer sushi se van sorprendidos. Al final, después de unos días, te queda siempre ese sabor dulzón, y te apetece algo de comida occidental, que al fin y al cabo es a lo que estamos hechos, pero vamos, que sushi cae seguro.

La seguridad. Los que viven aquí dicen que es una de las mejores cosas de Japón. Y no me sorprende. Viviendo donde vivo que hay robos todos los días, incluso muertes por kalashnikov (como una al mes, de media), estar en un sitio así de seguro se aprecia bastante. Acabo de hacer la prueba, aunque admito que me ha dado un poco de reparo. He ido al baño y he dejado tal cual el ordenador, el iphone y mi mochila con su dinero, etc, en la terraza donde estoy a la vista de todo el mundo. Y al volver todo estaba tal cual en su sitio. No probar en Europa, por favor, las consecuencias pueden ser indeseables.

Ahora estoy en un café, en Yudanaka, en los Alpes japoneses. Hoy he ido a ver monetes. Ayer, mientras paseaba por Shibu Onsen subí a un templo y de pronto tuve la sensación de haber estado sola antes en este país. No en ese templo, sino en Japón. En realidad eso nunca ha ocurrido. De las 5 veces que he venido, esta es la primera vez que voy a pasar tiempo sola.

Que porqué he venido 5 veces? Pues es una buena pregunta, aunque creo que no tengo la respuesta. Pero ya hace tiempo que decidí no hacerme según que preguntas (tengo tantas en general, que no tengo hueco en la cabeza para todas). Hace tiempo que decidi también que si me apetece hacer algo y puedo hacerlo, pues lo hago. Punto. Si no puedo pues la pregunta ni se plantea. Si puedo hacerlo, porque me voy a privar?

Y aquí estoy, en Japón por quinta vez. Puede que la ultima… o no. Jamais dit jamais.

Japon

Marzo, 2017

Se van. Sabia que este momento iba a llegar pero no pensaba que fuera tan pronto. No es la primera vez que ocurre. Cuando eres nómada y te rodeas de nómadas este momento siempre acaba llegando, pero eso no quiere decir que la tarea sea mas sencilla. Al contrario, la tarea cada vez se complica mas.

Hace poco descubrí que, según el test de Schwartz, tengo valores muy marcados que están en conflicto. La necesidad de cambio enfrentada a la necesidad de continuidad. Y esas dos cosas no van bien juntas. O tienes cambio, o tienes continuidad, pero no puedes tener las dos cosas.  Igual, tener continuidad en el cambio? No sé, demasiado abstracto. Y eso es parte del problema. Necesito raíces, continuidad, pero también necesito cambio. Por eso me muevo tanto. Pero eso no quiere decir que sea fácil.

La gente dice que soy valiente por cambiar de sitio, por irme a otro país, por conocer a gente nueva, por instalarme en un sitio nuevo, por aprender otro idioma. Y a veces lo dicen hasta con envidia. Lo que no se ve es lo que hay detrás de todo esto. La dificultad de tener que hacerse un hueco en un sitio nuevo, de reconstruir tu vida cada vez. La dificultad de despedirte cada vez de los tuyos. Porque, aunque ellos se quejen de que no te ven, y se crean que para ti todo es fácil, en realidad no lo es. Es complicado irse de casa, es complicado hacerse una vida nueva, reinventar una vida nueva y mantener trocitos de tus otras vidas, que ya son unas cuantas. Es interesante, pero agotador. Y cada vez tienes menos ganas de volver a hacerlo. El problema viene cuando necesitas hacerlo, porque la otra mitad de tus valores tiran hacia eso.

Y ahora que hacemos? Como dividimos los amigos?

Marzo, 2017

Agosto, 2006

Vamos los tres en la misma patera, o en el mismo vuelo de Iberia, que viene a ser casi lo mismo. Ahora somos emigrantes, o inmigrantes, según desde donde hablemos.

Nuestro jefe indio que es super majo, nos ha prestado dos Mercedes durante un mes. Uno para ellos dos y otro para mí. Nos pagan también un mes de hotel y una agencia para buscarnos piso. Además de la passssta que nos han dado por venirnos. Nos daban más pasta solo por el hecho de tener un piso en propiedad en España. Ni una escritura, ni una prueba nos han pedido para demostrar que era cierto. Estos americanos, qué confiados.

El Candlewood suites no está mal. Una cosa normalita, con su cocina y eso, no muy lejos del trabajo, en mitad de ningún sitio, eso si. Hay un japonés cerca, eso está bien. Marta se ha venido conmigo, para ayudarme a instalarme. Y se ha traído con ella a Ernesto, que no es otro que un huracán. Así que mucha lluvia. La pobre está harta de no poder salir del hotel ni para darse un paseo.

Como salimos pronto, nos vamos a ver casas. Nos han puesto una agente y ahí vamos todos en comparsa. Y qué pasa si nos encaprichamos todos del mismo piso? Pues lo echaremos a suertes. De todas formas, por el momento no hay peligro porque esta tía no nos está enseñando nada de lo que le hemos pedido. Nos ha llevado a un sitio en Hoboken que da miedo. Sabes el típico sitio de las películas donde todo es perfecto, todos son altos rubios y guapos y todos se parecen entre ellos y que al final de la peli descubres que hay un señor que está haciendo un experimento y son todos robots? Pues así. Salimos con miedo de verdad de allí. Ya está, les vamos a decir a los de recursos humanos que nos busquen otro agente. Uno que nos entienda.

Y llegó Dan. Qué majo es, y qué guapo y qué bien habla español. Igual era solo un problema de idioma con la otra. No, no creo. Este si nos va a servir. Qué sitios más chulos nos ha enseñado. Y ha ocurrido, nos ha gustado a los tres el mismo piso. Si es que está muy bien. Pues lo echamos a suertes. Les toca a ellos. Pues ya sigo yo mirando con Dan.

Me enseña un piso que más que un piso parece un campo de fútbol. Diez minutos he tardado en ir de un lado a otro del salón. Pero que quieres que haga yo en un sitio tan grande? Y con una cocina doble, porque al parecer los dueños son judíos y tienen dos neveras, dos hornos, dos de todo. Resulta que los judíos hay ciertos alimentos que no pueden mezclar, ni siquiera en la nevera, y así lo tienen todo doble. Menudo gasto. Hay que ver lo que se aprende saliendo de casa.

No necesito yo una cosa tan grande. Vale, pues este sí que si te va a gustar. Dos torres de pisos inmensas, muy chulas y con vistas impresionantes. Un salón super grande, jacuzzi en el baño, lavadora y secadora en el apartamento, que eso aquí en Estados Unidos no abunda. Pedazo habitación. Y OMG qué vistas de Manhattan. Con un balconcillo en el que me caben una tumbona y una mesita. Y a ver el Empire State cambiar de color. Y la de aviones que pasan. Yo me puedo pasar aquí horas contando aviones. Lo veo.

Dice Dan, que en la otra torre, en el ático vive Beyoncé. Yo aún no la he visto, la verdad.  Este le vende un frigorífico a un esquimal, te lo digo yo.

Hay piscina y gimnasio. He ido un día a hacer pilates. El profesor me dice que quiere verme todos los días. Si, si, no te preocupes, mañana estoy aquí. Pero mañana tengo agujetas en músculos que no sabía que existían. Me duelen especialmente unos que se utilizan cuando le quitas la capucha al boli. Deben tener algún nombre.

El día que fuimos a ver el piso de Cliffside Park, estaba lloviendo a cantaros. Un señor vino, con un paraguas para que no nos mojáramos, como en las películas. Marta no se dio cuenta y salió corriendo para no mojarse. El muchacho con su traje y su paraguas se quedó ahí, más plantao que na. Es lo que tiene ser pobres, que no sabemos cómo funcionan esas cosas. Pero todo se aprende.

Ahora, cuando llego a casa, dejo el coche en la puerta y le doy las llaves al chico para que lo lleve al garaje. Si llevo la compra en el maletero, se lo digo y me la suben a casa en un carrito como el de los hoteles. Todos los días me tienen el coche listo para ir al trabajo a la misma hora. Cuando voy a salir de casa fuera de los horarios previstos, les llamo. Me preparáis el coche que voy a salir? La españolita me llaman. Debo ser la única que habla con ellos. Lo del idioma también ayuda quieras que no, pero es que aquí hay gente muy estirada. Serán ricos. O pijos. O las dos cosas.

Pues eso, que ahora soy pija. Pero me falta glamour, creo que me voy a tener que cambiar de casa. Y ahora quien me va a aparcar a mi el coche???

Agosto, 2006

Abril, 2007

Me acuerdo del día que le conocí. No me acuerdo de la fecha exacta, pero si me acuerdo de que habíamos quedado en el Barnes & Noble de Amsterdam Ave. Cerca de su casa, por lo visto. Él quería aprender español, yo quería mejorar mi inglés. Su mejor amiga era española y viajaban mucho juntos, pero aún no había aprendido español. Por supuesto conmigo tampoco lo aprendió… pero yo mejoré mucho mi inglés.

Íbamos a la casa de España a comer paella, o a tomar un té Chai en su casa de Amsterdam Ave, con su cardamomo y sus cosas indias. O salíamos con el japonés, la chilena y la polaca. O viajábamos. Alaska. Miami.

Al principio de conocernos, como una es curiosa por naturaleza, yo le hacía muchas preguntas. Siempre me había intrigado la cultura India aunque aquel viaje de trabajo en 2005 fue un verdadero choque para mí. Tres semanas me pasé jodida después. Demasiada miseria, demasiada desigualdad. En fin.

Había venido a NY porque no quería que le casaran, que eligieran una mujer para él. Pero no quería llegar a los 40 solo. Su madre no tenía mucho problema con que se casara con quien él quisiera, pero su padre, más religioso y tradicional, prefería que fuera una Gujarati como él.

Decía que en la India, primero te casas y luego te enamoras, que así es como funciona. También decía que le gustaban los tenedores porque con ellos puedes comer lo que quieras. Yo no estaba muy de acuerdo, porque no veía muy bien como podías comerte una sopa con un tenedor.

Un domingo, estábamos tomando el brunch cerca de mi casa. Estábamos hablando y yo me perdí un trozo de la frase que él estaba diciendo. Habría visto una flor bonita o pasaría una mosca, vete tú a saber. Espera, espera, me está diciendo que porque no nos tomamos un año sabático y nos vamos a dar la vuelta al mundo?? Que tiene muchos amigos por el mundo, que los billetes de vuelta al mundo no son tan caros. Que por diez mil dólares cada uno podemos hacerlo. Mmmm, está loco. Suena bien. Pero y a la vuelta qué? Como vuelves al trabajo después de pasarte un año viajando por el mundo? No se… mola, pero da miedo.

Nunca ocurrió. La cosa no acababa de avanzar. Diana y yo bromeábamos diciendo que como era indio necesitaría la validación de su madre.

Septiembre del mismo año. Él había nacido el mismo día que su madre, así que este año ella venía a NY para celebrarlo con él. También venia su hermana y luego vendría su padre.

Una tarde, iba yo andando, y suena el teléfono. Era él. Me dice que qué planes tengo para el domingo. Que su madre me quería conocer (ups, en serio esto está pasando??). Estaba cruzando la 72, por la esquina del Gray’s Papaya. Me debió ver la cara por el teléfono que me dice después: también va a venir Asia a tomar un té. Aaaahhh, entonces eso ya es otra cosa. Si, sí, claro, no hay problema, ya si eso hablamos. Nunca conocí a su madre. Si es que soy transparente hasta por teléfono. Y después vino su padre. Que tenía que volver a sus raíces, que al fin al cabo era indio, etc etc.

Una cosa llevó a la otra. Ahora él tiene una mujer india y una niña igual de india. Y celebran Diwali, Holi y todas esas cosas indias con sus altares indios en su casa india de New Jersey.

Hace unos tres años, después de no dar noticias en unos cuantos, me escribe. Que había ido a la casa de España con su mujer y que le había hablado de mí. Que iban a venir de vacaciones a Francia, que querían ir a Aix en Provence (donde yo vivía entonces). Me sorprendió, claro. Le dije que encantada, que podíamos quedar a cenar, que al principio estaría fuera, pero que a la vuelta podíamos vernos. Le recomendé hoteles de la zona. Y jamás se volvió a saber. Luego le pregunté. Que al final habían ido a Grecia, dijo. No es mala opción tampoco, allí hacen muy rico el tzatziki.

Abril, 2007