Dos meses

Dentro de tres días hará dos meses justos de mi último día de trabajo de “asalariada”. Suena hasta mal la palabra, no el concepto, que lo de que te paguen hagas lo que hagas está bien, pero que la palabra no me suena bien. Que nadie se ofenda, que lo de “que te paguen hagas lo que hagas” lo digo por mí, que últimamente curraba más bien poco (a mi parecer) y el sueldo me caía todos los meses igualmente, lo cual me parecía bastante incoherente. Por eso me fui, claro. Por eso, y porque en algún momento pensé que ya era hora de cambiar de aires.

Pues eso, que yo venía a contar lo contenta que estoy. Que claro, estoy en la fase de luna de miel, lo cual debe explicar esta sonrisa estúpida que tengo todos los días… y no estoy ni enamorada, o igual si, enamorada de mi nueva vida que no es poco. Sigue habiendo incertidumbre, pero como todo, la incertidumbre se va borrando a medida que vas avanzando.

Este lunes volví “al cole”. He empezado mi formación de web developper y en los tres primeros días ya he tenido algún posible indicio de futuro. Lo típico, alumna conoce a profesor, profesor: hay que ver que bien programas, alumna: claro, es que yo tengo alma de programadora, profesor: oye, pues aquí buscan profesores… ese tipo de cosas… a ver dónde lleva.

Pero tampoco venía a contar eso, yo venía a contar TODO. ¡Si es que hay un mundo de posibilidades ahí fuera, madre!!! En “el cole” este supermoderno al que voy, hay de todo. Somos 14 alumnos, 4 chicas (lo cual es bastante inusual en este medio) y 10 chicos. De todas las edades, desde veinti-pocos hasta cincuenta-y-pocos. De todos sitios y de todos tipos. El otro día Víctor, me contaba como se había ido con sus amigos a hacer un rallye en no sé qué coche que no recuerdo, de Francia a África (y no era el Paris-Dakar). Y que el año que viene se va otra vez con sus amigos hasta Irak (si la cosa no está muy chunga, claro). Chloé, que el otro día la pobre estaba agobiada, pero que ha venido porque hace crossfit y quiere hacer una aplicación especial para seguir los avances. Cécile, que está de sabático para crear también su empresa. Nicolas, que se define como curioso por naturaleza y que está aquí… pues por aprender… y si eso ya luego pues se hace su proyecto. Antoine, que ha venido porque en su empresa necesitan hacer desarrollos web. Es listo, y aprovecha bien el tiempo. Y uno de mis favoritos, Mathis, super jovencito, que dice que está enamorándose de la informática. Y solo llevamos una semana.

Semana muy intensa, eso sí, que como es en Marsella, otra vez que estoy levantándome a las 6 de la mañana para coger el bus y estar a tiempo. Quien lo iba a decir, pero soy todos los días de los primeros en llegar. Cuando llego generalmente solo esta Morgan, que se encarga del marketing y de que la cocina esta ordenada entre otras cosas (porque tenemos una cocina super molona) y alguna que otra persona, pero vamos que soy de los tres o cuatro primeros siempre. Ver para creer.

Los tres primeros días tarde muchísimo en dormirme, a pesar del cansancio. Claro, si es que tengo la cabeza a mil por hora… no para la lavadora. Si escucháis un poquito podéis oír el ruido, estoy segura.

Nos quedan aún 8 semanas, y viendo el programa, creo que cada semana que pase voy a disfrutar más. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, estoy contenta de que sea domingo, ¡porque mañana será lunes!

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Dos meses

Nacer en Agosto

Ayer fui a casa de los maridos a regarles las plantas. Y estaba yo ahí en su terraza, frente a Marsella y a la inmensidad del mar y me puse a pensar. Si, si, me puse a pensar voluntariamente, como lo cuento.

Y me puse a pensar primero en que hoy es mi cumpleaños y que voy a estar sola celebrándolo. Estaré sola hoy, pero no lo estaré mañana ni lo estaba ayer. Y es casi por decisión propia, porque Sylvie me dice que me vaya a cenar con ella, pero me da pereza irme a Marsella hoy. Y hoy he decidido que el día es para mi y solo para mi.

El caso es que estaba pensando en que habiendo nacido en Agosto, esto es normal. De pequeña, todo el mundo llevaba caramelos al colegio. Yo no, porque en Agosto no había colegio. Tampoco había amigos con quienes celebrar el cumpleaños porque todos estaban de vacaciones. Lo celebraba con mi familia, porque casi siempre nos pillaba en Algeciras de vacaciones.

He tenido todo tipo de cumpleaños. El año pasado, por ejemplo, estaba en Filipinas, a orillas del mar en un bungalow super chulo. El año anterior lo celebré con la familia (17 éramos) en una casa rural cerca de Madrid. Hubo aquel cumpleaños en que estaba en Vietnam con mi hermana… y al llegar a España me estaba esperando una fiesta sorpresa (cortesía de los maridos) con una veintena de amigos. Y aquel año en que tuve una mini-fiesta-sorpresa de 10 minutos con su tarta y sus velas y todo, antes de coger el tren de vuelta en Almería. Y aquella vez en que mis amigos me sorprendieron en un restaurante en Madrid, con su tarta y sus 40 velas (un detallazo no poner los números). Y esos cumpleaños en que los 7 de la familia hemos ido a celebrarlo a algún restaurante de capricho. Creo que alguno lo he pasado volando también, lo cual no es raro, dado mi “culo-inquietismo”.

En cualquier caso, mis cumpleaños son cualquier cosa menos “normales”. Whatever that means.

Ayer, estaba yo pensando en la suerte que tengo. Si todo va bien, y los genes familiares actúan como hasta ahora, estoy más o menos en la mitad de la vida. 45, como lo oyes. Con lo pequeña que era cuando nací, como diría mi madre.  Y no es que esté muy bien para mi edad, no, es que estoy estupenda y punto, qué coño! (qué fina, que diría mi padre). Carla todavía está esperando que le diga que Serum uso… pues ninguno, la genética que a veces es hasta buena.

Total, que se me vuelve a ir la pinza. Que estaba yo pensando en la suerte que tengo. Porque tengo mucha suerte. Por muchas cosas. Por mi familia y que todos están bien (con sus cosas, pero bien). Por mis amigos, los que están cerca y los que se distanciaron por el camino, y porque todos están bien (con sus cosas también, pero bien). Por la vida que he tenido hasta ahora. Porque tengo la capacidad de decidir y de cambiar lo que no me gusta. Por los sitios que he visto, las cosas que he vivido, los ratos que he pasado. Por la gente que he conocido y la que me queda por conocer. Porque puedo escribir esto. Porque hasta habrá quien lo lea.

Esto es muy de crisis de los 40, lo sé. Pero es que estoy justo en ese momento, no de crisis, pero de cambio. En una semana doy un salto hacia una nueva vida y no se si es crisis de los 40, o de culo inquieto. Da igual. Lo importante es que estoy aquí (y, desafortunadamente, no todo el mundo puede decir lo mismo).

Ay, si es que, como diría Jesús: “Soy más blanda que Winnie de Pooh embadurnado en mermelada”. Podremos cambiar otras cosas, pero eso, a estas alturas, no tiene pinta de cambiar. Manu dice que así no voy a sobrevivir en este mundo… de momento ya van 45 y aquí sigo!

Nacer en Agosto

Albacete Acoge

Estaba leyendo “The 4 hours work week” y Tim Ferris habla de su visión particular del servicio a los otros, etc. Ya di mi opinión respecto a hacer un voluntariado de tres semanas en África aquí, y ahora me he acordado de Albacete Acoge. Albacete Acoge formaba parte de la red Acoge que es una ONG que ayuda a los inmigrantes a integrarse. Ayuda legal, vivienda, formación, empleo e inserción social.

Un día, allá por 2009, me llama Mario y me dice que porqué no montamos una ONG. Estaba yo en el balcón de mi piso de tres dormitorios (a ver para qué tantos) en la calle San Ildefonso. La idea es buena, pero en vez de empezar la casa por el tejado, igual lo que podemos hacer es buscar alguna existente y ayudar. Y así encontramos Acoge.

Allá que nos presentamos los dos diciendo que queríamos ayudar. ¿Y que sabéis hacer? Hombre, saber hacer poco, pero intención mucha. Habíamos pensado en dar clases de español. Ah, pues si, tenemos a gente que no hablan nada, o muy poco y nos puede venir bien. Y ahí que nos lanzamos. Clases de español para inmigrantes. Como si supiéramos lo que hacíamos.

Había gente de todos sitios, la mayor parte de África: Costa de Marfil, Marruecos… Pocas mujeres, algunas más risueñas que otras. Algunas con su velo cubriendo el pelo, otras con sus ropas africanas coloridas. Todos super agradecidos. Algunos hasta nos hacían regalos. Había entre ellos vendedores ambulantes. Cada vez que veíamos a un vendedor ambulante por la calle, mirábamos a ver si era uno de nuestros chicos. Recuerdo a un licenciado en historia, bastante culto, que ahora se dedicaba a hacer los trabajos que le iban saliendo en el campo.

Cada vez teníamos más alumnos. Se iba corriendo la voz y lo pasábamos bien en las clases.  Mario y yo teníamos nuestra rutina. Preparábamos las clases: hoy toca caligrafía, hoy dictados, mañana verbos. Dos veces por semana. A la vuelta de las clases un día de verano descubrimos los granizados de mojito en una heladería del Altozano. El mejor granizado del mundo mientras no se demuestre lo contrario. Todos los días a la vuelta de clase pasábamos por ahí de camino a casa con nuestra sonrisa estúpida de oreja a oreja, y tomábamos uno mientras comentábamos la clase. Lo que nos había gustado, como iban aprendiendo poco a poco y como se lanzaban a hablar y a escribir en español. Lo orgullosos que estábamos de ellos.

Un día se nos ocurrió la idea de pedirles que nos hablaran un poco más de ellos, que nos contaran de dónde venían, cuál era la historia de su vida.

Y lo hicieron. Nos contaron sus historias.

No recuerdo todos sus nombres (hace ya mucho tiempo), pero si sus caras y los momentos. Recuerdo especialmente a una chica marroquí que nos contaba que se tuvo que venir nada más dar a luz dejando a su criatura en marruecos y que hacía no sé cuantos meses que no la veía. Nada más dar a luz. Dejó a su hija y no la había vuelto a ver. Se echó a llorar en medio de la clase, claro. También me acuerdo de otro de ellos que nos contó cómo había venido en patera a España. Cómo toda su familia había estado años ahorrado los 1000€ que le costaba venirse en una barca neumatica. Cómo el GPS que llevaban en la barca se estropeo y empezaron a ir a la deriva, pero gracias a que él era un hombre de mar consiguieron llegar a puerto. Por el camino, se les murieron algunos, nos contaba, y tuvieron que tirarlos por la borda… porque eran lastre. Y lo contaba con una sonrisa. Debe haber un momento en el que tu cerebro asimila la tragedia como una parte normal de tu vida y eres capaz incluso de sonreír a pesar de todo. Nosotros no pudimos. Nuestros tiernos e inexpertos cerebros y corazoncitos no fueron capaces de asimilar todo lo que acaban de vivir en tercera persona.

Ese día, al salir de clase, ni Mario ni yo articulamos palabra. Desde la calle Baños hasta el Altozano. Andábamos como siempre, el uno junto a la otra, solo que un poco más cabizbajos y esta vez en completo silencio. Sin sonrisa de oreja a oreja. Nada que ver con los otros días. Granizado de mojito, como es tradición, pero lo unico que los dos pudimos decir fue un “hasta mañana” en la esquina de su casa.

Y nunca más volvimos a preguntarles por sus historias ni por su vida antes de llegar a España.

Lo último que se de Albacete Acoge es que tuvieron que cerrar en el 2011 por falta de subvención. No sé que habrá sido de ellos desde entonces.

Albacete Acoge

6 vidas

Me dispongo a cambiar de vida. No es la primera vez que lo hago, pero esta vez es con diferencia la que más miedo me da. Las otras veces ha sido cambio de país, que no es moco de pavo, pero al otro lado me esperaba siempre la red, la rutina de 9 a 5 y un salario a final de mes. Esta vez no. Esta vez me lanzo a lo desconocido, con todo lo que eso conlleva. La incertidumbre de no saber cómo va a salir unida a la ilusión de justamente no saber cómo va a salir, de saber que una vez en marcha, se abren puertas y ventanas donde antes solo había muros. Habrá que probar, seguramente equivocarse, pero esta vez soy yo la que se va a equivocar y soy yo la que decide hacia dónde tirar. Si no funciona, hay plan B, hasta plan C, pero al menos estaré segura de que he hecho todo lo posible y de que yo sola soy responsable de mis decisiones… ahí es nada.

Para mí es un paso enorme pero ya hay mucha gente que lo ha hecho antes que yo, gente que siempre me ha parecido muy valiente. Y sigo su ejemplo, intento aprender de ellos y empaparme de su experiencia. En eso consiste también esto, en rodearse, en moverse, en empaparse y en exprimir al máximo. Lo demás, seguirá su curso.

Nunca pensé que me lanzaría a hacer una cosa así, siempre pensé que no tenía alma de empresaria, resulta que solo era miedo. El miedo sigue ahí, pero le he hecho mi aliado y ahora caminamos juntos. Creo que yo estoy mucho más nerviosa que él, pero ahí vamos.

Es curioso cómo funciona el miedo y como somos capaces de hacerlo nuestro aliado para algunas áreas de nuestra vida y dejarle que nos paralice para otras. Nuestro cerebro en el fondo es muy listo. Cuando no sabemos utilizar el miedo, se busca mil y una excusas para tranquilizarnos, para decirnos: no te preocupes, todo está bien, no vas a tener que hacer eso, simplemente es mala suerte… estas cosas pasan. Pero cuando te pones a rascar te das cuenta de que hay un patrón y de que él está siempre ahí y que le has dejado tomar el control de tu vida. Pero eso se va a acabar y ahora mi miedo y yo vamos a caminar juntos. Eso no quiere decir que todo vaya a ser de color de rosa, pero al menos sabré utilizarlo para mi ventaja cuando llegue el momento… o al menos eso espero.

Esta será mi sexta vida, o mi décimo quinta, según se cuente. Siempre me he preguntado, cuántas vidas diferentes puede vivir una persona. Porque yo creo que vivimos muchas vidas. Nada que ver con la reencarnación ni con nada extrasensorial o fuera de este mundo, pero si mucho que ver con los cambios y con cada una de las etapas por las que pasamos. Con la evolución (o la involución, según el caso).

La Elena que ahora se dispone a dar este paso, no es la misma que salió de Valdepeñas y se fue a Madrid con su peto gris y su camisa amarilla, ni la misma que se vio por primera vez hablando en ingles entre franceses al lado de Versalles. No tiene nada que ver con aquella que se dio la vuelta en el aeropuerto para que su familia no la viera llorar mientras cogía un avión a medias ilusionada, a medias asustada para irse a conquistar las américas. Ni siquiera es la misma que se fue a África tres semanas a ver qué pasa en otros sitios. Y sin embargo en el fondo es la misma, sigue siendo la Elena que disfruta riéndose a carcajadas o reinventando el mundo con una copa de vino. La que no puede evitar bailar con cualquier música y a la que le gustan, por alguna extraña razón, los aeropuertos y los hoteles. Y todas las Elenas se llevan bien, cada vez mejor.

 

6 vidas

De mi torpeza

Desde pequeña siempre he sido más bien patosa. Es curioso, porque luego lo de bailar lo llevo bien, y para eso hay que coordinar movimientos entre los brazos (los dos) y las piernas (las dos)… debe ser la música la que me ayuda a coordinarme, porque en cuanto no hay, soy patosa. Y el problema no es que sea patosa, el problema es que de pequeña era lo que antes se llamaba un perico o lo que los americanos llaman una Tom-boy. Vamos, que a mí me gustaba subirme a sitios, saltar cosas, trepar… ya os hacéis una idea de la combinación: perico+patosa = huesos rotos.

Al parecer, cuando tenía unos meses me caí de la trona y fui a dar con la almendrita al suelo. Mi madre dice que se asustó así como un pelín cuando me salió una bolsa de líquido en la cabeza. Y hasta hoy las secuelas.

El siguiente accidente fue a los tres años, me acuerdo perfectamente. Íbamos a la casa de campo de… bueno, da igual, íbamos al campo y mi hermana Maria Jose iba a ir a comprar chuches al puesto de Andrés, y yo quería ir con ella, pero ella salió corriendo, yo salí corriendo detrás, los pies que se me lian, derrape y golpe con la puerta… muñeca derecha rota.

Unos años después, 3 para ser exactos. Colegio, obra de teatro y a los críos chicos que los suben al gallinero. Que a ver pa’ qué, que eso son ganas de tentar a la suerte. En el gallinero no había bancos, sino poyos, vamos, lo que son asientos corridos sin respaldo, para los que no sois de Valdepeñas. Delante estaba la cámara de cine y nos dicen que pasemos por entre los poyos, vamos, que cojamos una fila y para delante. Pero yo, que como dice mi madre, siempre he sido muy independiente y hago lo que me da la gana, pues decidí que para ir más rápido iba a ir saltándolos… Pues ya os hacéis una idea. Se me tropezó un pie, la niña que se esclafa otra vez y que va a dar con la nariz nada menos que en el borde de un poyo. Eso duele. Mucho. Y sale mucha sangre (sensibles abstenerse de imaginarlo). Tabique nasal roto. Hasta los 18 tuve que esperar para operarme y aún hoy tengo problemas para respirar por la nariz.

De lo que no me acuerdo exactamente es de los años que tenía cuando me atropello el coche, ni cuando a mi padre y a mí nos pilló una bici… culpa mía las dos veces, claro, por cruzar cuando no debía. Me acuerdo de los dos momentos, eso si.

Unos cuantos años más y nos vamos de vacaciones. Primer día en Algeciras, salimos de casa de Pepe, Elena que va haciendo la cabra, al loro, por el bordillo de la acera (siempre me gustó el riesgo). Traspiés.  Elena al suelo. Muñeca derecha rota, otra vez. Todas las vacaciones con escayola. Si queréis consejos sobre cómo bañarse en el mar con un brazo escayolado, preguntad. Los tengo todos.

En la última que recuerdo tenía 18 años y el mismo nivel de “patosidad”. Nos íbamos de camping, a Torrevieja. Al llegar al camping, salí del coche para decir alguna maldad, porque tampoco me puedo quedar callada, claro. Pues se me volvieron a liar los pies entre ellos y otra vez derrapé (en gravilla…). Tanto, que se quedó mi marca en el suelo, como en las películas cuando han matado a alguien y marcan el contorno del cadáver. Por la noche al salir, aun se distinguían perfectamente mi cabeza y mis brazos en el suelo. Rodillas y codos ensangrentados y rojos durante todas las vacaciones. Un cuadro. Desde entonces, hay quien espera a ver cuándo va a ser la próxima vez que me voy a caer… Yo ando con cuidado, que nunca se sabe. La vida está llena de peligros… yo el primero.

De mi torpeza

Lost in Translation

Estoy en Tokio, concretamente en un café enfrente de Yoyogi. Llegué aquí hace… ni me acuerdo, parece una eternidad, y sin embargo han sido solo 3 días y medio.

Al llegar, me he sentido como Scarlett Johansson (salvando, obviamente, las enormes diferencias en todos los sentidos posibles). Me he sentido Lost in Translation, pero sin Bob y sin Park Hyatt. Es una sensación que no esperaba para nada, tenía muchas ganas de venir aquí y pasar unos días, disfrutar de la ciudad. Hace mucho tiempo que no disfruto de una gran ciudad tranquilamente y las veces que he venido a Tokio siempre me han sabido a poco. Pero no me esperaba esto. Ha sido un subidón, de golpe, sin avisar, una montaña rusa emocional que no tiene mucho sentido, pero que ha ocurrido.

Las razones están aún por aclarar, aunque algunas ya las voy encontrando. Por supuesto, las hay que se quedaran para mí y las otras cuatro mini-Elenas para siempre. O quizás no, quien sabe. Pero las hay que si pueden ser compartidas.

Como en tantas otras cosas, tengo el corazón dividido entre las grandes ciudades y los sitios tranquilos. Vivo en un sitio precioso de la costa francesa. Según Teresa es el sitio más bonito en el que he vivido, y ya han sido unos cuantos. Siempre hace buen tiempo, a orillas del lago de agua salada más grande de Europa, a 15 minutos de la playa. Lo tiene casi todo. Lo que no tiene es movimiento. No tiene gente por las calles, no tiene cafés donde irse a trabajar. Ni grandes bulevares donde ir a pasear. Tiene el lago, sí. Y los canales que son preciosos y en 20 minutos les has dado la vuelta a todos. Pero no hay tiendas donde venden cosas estúpidas y te puedes pasar horas mirando lo que sabes que nunca vas a comprar porque sabes que no necesitas. Para cualquier cosa, para quedar con cualquier persona hay que coger el coche. Y claro, cuidado con tomar una cerveza de más, porque a la vuelta te toca media hora de coche mínimo. No hay casi bares. No hay amigos con los que tomarse unas cañas al salir de trabajar. Hay otras cosas. Hay quesos y foie y buena comida. Y buen tiempo.

Hay tres ciudades a las que yo me iría a vivir, pero que por el momento no tiene pinta de ocurrir (jamais dit jamais Elena, que pareces nueva), a saber.

Nueva York. Been there, done that. Me encantó, fui muy feliz allí (bueno, en general yo tengo tendencia a ser feliz en cualquier sitio, aun con mis noches oscuras). Me volví porque estaba lejos. Y porque la cultura americana (¿o debería decir New Yorker?) no cuadra conmigo.

Londres. Me gusta Londres, de hecho, voy de vez en cuando a visitar a mi hermana. La ciudad está bien. Si no hubiera salido lo de Nueva York, me hubiera ido a vivir a Londres. Ahora ya no (en principio, siempre en principio). Ahora lo quiero todo. Quiero buen tiempo y en Londres no hace buen tiempo. En Londres siempre hace malo y yo no quiero eso.

Tokio. La primera vez que vine por trabajo, recuerdo haber pensado que no estaría mal vivir aquí un tiempo. Tampoco lo intenté nunca y Japón, a pesar de lo mucho que me gusta, tiene cosas que no me convencen. Si Nueva York estaba lejos esto no sé cómo calificarlo. Venir a currar a una empresa con horarios infernales no es algo que esté dispuesta a hacer a estas alturas. Been there, done that, otra vez. Eso, y que es muy complicado obtener un visado y no tengo energías para eso ahora. Hay que tener muchas ganas. Y el idioma. He dejado las clases de japonés porque en este momento la cabeza no me da para seguir con ellas. En algún momento retomaré, imagino. Los hombres japoneses. No. Aunque como alguien me dijo no hace mucho, lo que hay que hacer es coger ese listón y mandarlo a tomar por culo. Tampoco estoy de acuerdo. ¿Si tenemos listón para el resto de las áreas de nuestra vida, porque no lo vamos a tener para eso? No hablo de un rato, para un rato el listón puede olvidarse. Total, a veces incluso con el listón alto, la realidad no está a la altura de las expectativas y piensas que estarías mejor tomándote una caña con tus amigos, en lugar de perder el tiempo en sinsentidos. Pero si es para algo más serio, que al final es la intención (ya está bien de “forever alone”), el listón tiene que estar alto. Pero me estoy yendo del tema. Ha vuelto a ocurrir.

El caso es que la ciudad perfecta debería estar un poco más cerca, en Europa, y ser una mezcla de Tokio, Londres y Nueva York con el tiempo de Marsella. Pero sin Marsella.

Así que parece que mientras esa ciudad no exista, y no tiene pinta de que eso vaya a ocurrir en un futuro cercano, habrá que hacer concesiones. La cuestión está en qué concesiones hacer en qué momento.

¿Qué paso con Sara y Bob al final de le película? ¿Qué le dice al oído? ¿Eso es todo? ¿Así acaba todo…?

Lost in Translation

Le he perdido

Lo nuestro fue amistad a segunda vista. Estuvimos trabajando mucho tiempo en la misma empresa, nos veíamos de lejos, pero nunca habíamos hablado. Un proyecto nos llevó a Montvale juntos y en el viaje de vuelta estuvimos las 8 horas hablando sin parar. Ese fue el principio de todo. Desde entonces, ha habido innumerables conversaciones. Hemos arreglado el mundo, nos hemos reído, hemos llorado, nos hemos abrazado y hemos compartido cosas el uno con el otro que no hemos compartido con nadie más. Problemas, alegrías, muchas cosas.

Es un apasionado del deporte, en especial del baloncesto y, si no hubiera sido por los golpes de la vida, hubiera sido jugador profesional. Le encanta el sushi. Es (o era) la única persona a la que siempre veía cuando iba a Madrid. Daba igual donde estuviera, el jaleo que tuviera o cuando llegara yo, siempre buscábamos el momento de vernos. Y la pregunta de qué íbamos a cenar, ni se planteaba. Sushi. Él y yo siempre comemos sushi. Eso lo sabe todo el mundo. Si vienen su mujer y su hijo, entonces igual comemos otra cosa, porque aún no hemos conseguido convertirlos del todo, aunque todo llegara. Hasta su hijo cuando era pequeño me compro un boli con una capucha que era una pieza de sushi que por supuesto aun conservo.

Ahora cada vez que como sushi me acuerdo de él… y le echo de menos. Hace más de un año que no he conseguido hablar con él, le he llamado, le he escrito, le he mandado mensajes… y nada. No soy una persona insistente generalmente, pero aun así, de vez en cuando lo vuelvo a intentar por si acaso le pillo con cinco minutos libres. Aunque cinco minutos a estas alturas no serán suficientes. Necesitaríamos días.

El último mensaje que tengo suyo es un correo en el que me dice que no me coma la cabeza, que no pasa nada, pero que se ha metido en berenjenales gordos. Esos berenjenales no son nada más que trabajo. Hablé hace no mucho con su mujer, que le echa la bronca por no hablar conmigo. La llamé porque estaba desesperada y no sabía qué hacer. No es normal que no dé señales de vida. Antes, hablábamos prácticamente todas las semanas y, especialmente hablábamos cuando las cosas no iban bien. Él es una de mis tres o cuatro mitades.  Pensaba que le pasaba algo, algo grave. La cabeza a veces se va de viaje cuando no sabe lo que hay al otro lado. Ella me dijo que no, que solo es trabajo, que a veces ella también tiene problemas para que le coja el teléfono.

Le he perdido. Y le he perdido contra un trabajo que no estoy muy segura de que le haga feliz. Y yo no sé cómo ayudarle.

Le he perdido